Desarrollo

Cuando los planificadores se interesaron por la informatización del sistema de salud en los años 90, se debió a que lo identificaron con una herramienta que permitía mantener el control de la calidad, aumentar la eficacia y reducir costos. Esto llevó a la informatización desde el punto de vista organizativo e industrial, pero se olvidaron de contar con la colaboración de los profesionales de la sanidad y de los pacientes, los verdaderos usuarios de estos sistemas. No existían modelos de usuarios, ni estándares, ni criterios de evaluación de los sistemas.

Los Estados buscan soluciones para mantener los sistemas de prestaciones sociales y proveer los servicios de salud cuya demanda aumenta y asume modelos más complejos y costosos, o bien reconocen la pérdida de capacidad para mantenerlos. Es imposible no advertir un cambio en el discurso político desde la década de los 70 hasta nuestros días. No se puede discutir hoy la generalización de un paquete básico de servicios sanitarios, la descentralización de la administración y gestión (más patente aún en España), y un mayor reconocimiento de los sectores privados. En la actualidad se propugna una variedad de opciones sanitarias que se adecuen a las necesidades, peculiaridades e infraestructuras de cada lugar. Sin duda, los sistemas de información cobran especial importancia como sistema de seguimiento y control en las actuaciones de la salud pública, así como para la administración y operación de servicios descentralizados que involucran múltiples agentes. Es tan peligroso y contraproducente una solución o servicio basado en soluciones tecnológicas, como dirigida o liderada por proveedores de sistemas o servicios. Por el contrario, es necesario apoyar los proyectos de sistemas enfocados hacia las funciones de información compartida, los estándares, la conectividad, y el nivel de aplicación, con independencia de la tecnología. Los sistemas telemáticos para la salud serán cambiantes en cuanto a su implementación, pero la especificación de estos sistemas ha de tener en cuenta los elementos permanentes, es decir, las estructuras estandarizadas de la información y sus protocolos de comunicación en los niveles más altos de la arquitectura, es decir próximos a los niveles de aplicación, que lógicamente deberán ser lo más perdurables e independientes que sea posible, de los niveles inferiores de la arquitectura, relacionados íntimamente con el hardware, los medios de transmisión y otros componentes menos perdurables y más sensibles a los avances tecnológicos. Por otro lado, la labor de especificación y desarrollo de sistemas y aplicaciones telemáticas para la sanidad debe situarse por encima de criterios de todo tipo de carácter interno o local, ya que un principio básico de estos sistemas es que deben ser abiertos, su información, los datos y el conocimiento que encierra, han de ser compartidos. La Unión Europea ha sido consciente de este problema, y ha promovido el consenso y la participación de usuarios y profesionales en la especificación de estándares funcionales. Se pretende buscar soluciones escalables, exportables a diferentes entornos, modulares, lógicas, independientes de plataformas tecnológicas concretas, centrándose en las funciones deseadas, los elementos básicos, y los niveles de aplicación de los sistemas. A partir de estos estándares coherentes será posible concentrarse en las peculiaridades de implementación de cada ambiente, según estructuras y prioridades locales.

La inversión inadecuada en sistemas y servicios de información y telecomunicación es sumamente peligrosa, ya que puede aumentar las desigualdades y las distancias en cuanto a cuidados sanitarios. Por ello es fundamental ir incorporando paulatinamente a los profesionales de la medicina y la sanidad en general al uso de sistemas de información y comunicación, de forma que la demanda real basada en la prestación cotidiana de servicios sirva de contrapeso a la influencia de los proveedores, de la tecnología, y la tendencia a inversiones en infraestructuras infructuosas. Se hecha en falta una voluntad política local de fomento de la utilización de sistemas y servicios de información existentes, explotando al máximo las posibilidades de las infraestructuras con las que contamos, que contrasta con planes de inversión diseñados con criterios puramente tecnológicos y de presupuesto. Es difícil de comprender que se planifiquen grandes inversiones en redes de comunicación con mayor ancho de banda, cuando aún el correo electrónico es usado solamente por una minoría de los profesionales de la medicina, por citar un ejemplo que solo requiere un ordenador, un modem y una línea telefónica, y cuya utilización es gratuita una vez conectados a Internet. Evidentemente, es una cuestión de prioridades, pero sumamente delicada, principalmente para las regiones que han de superar un cierto atraso o desigualdad respecto a otras más desarrolladas, ya que "entierra" en tecnología sin aprovechar, recursos que son necesarios para adecuar la práctica cotidiana, los servicios y sus usuarios, a niveles más próximos a los de las zonas con mayor nivel de desarrollo.

Poner lo mejor de la medicina a disposición de todos los ciudadanos no tiene grandes limitaciones sociales ni tecnológicas en nuestro entorno, siendo más relevantes en la actualidad las limitaciones basadas en el escaso uso de las herramientas disponibles en la era de Internet y las telecomunicaciones. Citemos una frase de José María López Piñero, de su texto "Del médico mago al médico ingeniero": "Nuestra sociedad habrá demostrado alcanzar un grado superior de civilización cuando el derecho a la salud sea una realidad, un esfuerzo comunitario y solidario a nivel mundial, sin ningún tipo de discriminación". Sin duda, las herramientas telemáticas son nuevos medios al servicio de tan alto objetivo.